11 julio, 2015

Alucinaciones



Qué necesidad de esperar tanto, pero tanto tiempo,  esperando que?
Acaso la divina providencia ilumine mi mente haciendome expeler palabras y palabras que solo reflejan lo que veo todos y cada uno de los días al momento de tenerte, sentirte, oirte, verte...
No será acaso una espera en vano? Si sé que cada vez me cuesta más retenerlas rebotando en mi garganta, esperando el momento propicio para inundarte con ellas... cierto es tambien que quiero inventar cualquier momento y excusa para hacerlo.
Entonces, ¿será justo hacer esperar a tus ojos de cielo para leer tamaña muestra de mi intención?
¿Será apropiado acorralar mi pecho contra mis paredes de hierro, de esas que solo se derriten cuando sospechan que estas próxima a mi?
La respuesta es no, ni justo ni apropiado... como sí lo son los deseos que me provocás cuando nuestros espacios personales se confunden como en un choque entre galaxias, confundiendo sus energias, fuerzas, luces...
Y así vemos como la realidad que conocemos se tiñe de un sabor extraño, y lo que creíamos racional se vuelve utópico, lo que imaginamos imposible está ahí, al alcance de nuestra mano.
Pero, ¿qué sucede entonces?
Cerrás los ojos y percibis olores, formas y sonidos de otros tiempos, otras creencias, otros ideales, otros anhelos.
Como caballeros idealizando a su dama perfecta, imaginando conquistarla con sus armaduras impregnadas de sangre de otros hombres que las poseyeron en lujuriosos y alcoholizados lugares sordidos.
Esas armaduras que hablan por sí solas de su bravura, que explican las pasiones que los llevan a cometer actos tan despiadados como enoblecedores bajo su acotada ambición de piel fémina, suave y aromada de jazmines.
Quizas remontemos nuestra imaginacion a tiempos anteriores a la propia humanización de las costumbres, donde lo primitivo y animal estaba a flor de piel, donde sólo se valían,  los hombres, de su instinto y su suerte para conquistar su presa, más de una vez con forma de hembra lejana.

Imaginacion y poder encerrado en algo tan pequeño como mi mente, poderes inmanejables cuando se antepone ante mi una mujer como vos, que puede despertar todo aquello oculto en nuestro escondrijos oscuros y pasionales, obligandome a imaginar y crear mundos donde esa mujer tiene pertenencia, se identifica, siente, confía, cree en cada una de las fantasías que regalo.

Así como cuando flotas en el mar y después de horas de dejar tu cuerpo a la deriva, te queda esa sensación alucinógena de seguir flotando y sintiendo tu cuerpo desarticulado, a merced de los pensamientos de tu hombre. Sin siquiera poder identificar lo real de lo surrealista, agudizando tu sensibilidad al máximo para hacerle conocer a tu cuerpo nuevas reacciones ante los estimulos que genero con mis palabras.

Poderte llevar de la mano con tus ojos entrecerrados, confiando en mí como un lazarillo, cuidándote, sabiendo que lo mejor que puedo hacer por vos es tenerte conmigo y ahogar tus gritos en mis oidos.
Y así los deseos se van sucediendo uno tras otro, sin darme tiempo para asimilar el anterior y enontrarme de golpe con el siguiente, desafiandome al límite, haciendome tomar actitudes espontáneas e instintivas, quieriendo conocer de antemano tus reacciones para poder disfrutarlas al instante. Como en una película donde sos protagonista y sabés el libreto de memoria para darme un desenlace soñado, con tu cuerpo como escenario, me invitas a improvisar sobre nuestra tentación más básica.
Me llevas con tus diálogos y puestas en escena hacia mi propio desenfreno, imaginando correr detrás tuyo, tratando de alcanzarte y caernos sobre arena tibia que al tocar tu piel, nos vuelca a una realidad bien conocida por nosotros: nuestra piel.

Piel, no en el sentido estricto y físico de la palabra, nuestra piel que habla de como nos aceptamos, nos permitimos, nos jugamos, nos regocijamos entre miradas, ideas que poco tienen que ver con el mundo conocido. Obviamente, entramos en tu mundo... y en él, nadie sabe que me depara el destino.