Relatos fantásticos se han escrito infinidades, viajes maravillosos e inolvidables que rebotan en nuestra mente por años...
Pero nunca nadie jamás se ha atrevido a soñar un viaje por tu cara.
Sí, parece algo extraño de entender, pero no lo es tanto cuando lo comprendas al leer estas líneas.
Amarte como te amo me hace pensar en querer mostrarte cosas que nadie te haya mostrado nunca, y es por eso que pude crear una descripción viva y detallada de cómo el hombre en mí se aventuró en este viaje de inquietante extrañeza al recorrer tu cara, imaginando encontrar en cada forma a su paso, un mundo diferente para descubrir...
Y así comenzó su travesía intangible a bordo de sus manos, con sus ojos como únicos guías en el abismo de tus noches.
Y así avistó el desembarco en tus mejillas, páramos frescos de una tersura jamás percibida por caricia alguna, tibia en las mañanas cuando te amanecía un "buen día amor..." de labios de tu amado, con espacios generosos para asentar mi humanidad y hacer en ellas mi tierra prometida.
Y así siguió su travesía hacia el sur de tu cuerpo, llegando al acantilado del placer (así lo llamó el caminante) cuando miraba hacia la pendiente de tu cuello desde las alturas de tu mandíbula. Caminando en cornisas redondeadas como las dunas talladas por el viento en el desierto.
Y así arriesgó su cuerpo al lanzarse por aquella pendiente sin fin, rodando hacia los lados, apenas pudo aferrarse con sus labios en la sutil prominencia de tu garganta; gracias a ello el caminante pudo sentir tus latidos desde fuera, supo entonces que era tiempo de seguir, ya que mirara por donde mirara, sólo veía paisajes de ensueños extraidos de literatura futurista…
Y así su itinerario abarcó un norte incierto, desde tu garganta no pudo soportar el no intentar encontrarse con tu boca. Llegando con sus fuerzas y sus deseos hasta tu mentón, el caminante no podía descubrir la forma de escalar tu prominencia; fue entonces que sucedió lo increíble, comenzó a sentir una brisa tibia, suave, que lo abrazaba; y en esa calidez se sintió más liviano, se sintió volar. De a poco, mientras ascendía rozando tu piel, supo de dónde provenía aquella brisa.
Y así descubrió tus labios, entreabiertos y expectantes, como queriendo llamarlo. No dudó entonces repasar su contorno carmín, podía humedecerlos con su aliento, y éstos respondían con movimientos suaves, y ese afrodisíaco momento de rozarlos con sus dedos, haciéndoles saber que hablarían su mismo idioma. Jugando entre un labio y otro, quiso arriesgarse a deslizarse dentro tuyo; se sintió incendiar con tu contacto, danza procaz en la erogenia de sus lenguas, enroscándose, empujándose, molestándose, provocándose.
Y así supo que era sólo el comienzo de su viaje. Por el rabillo de su ojo, alcanzó a reconocer algo que soñó explorar desde años antes.
¿Sería eso en lo que escultores, artistas, pintores ponen tanto esmero y detalle, eso que hace única a una persona…? Sí, tu tallada nariz, pequeña y graciosa. No demoró mucho tiempo en escalarla… Sabía que teniéndote acostada, era casi el punto más elevado desde donde podría observar hasta donde puedan sus ojos, todo ese universo de formas y colores.
Tampoco demoró en llegar a su cima.
Y así se sintió cuasi amo de tu universo. El caminante sabía que por sus laderas podría deslizar su voz nombrando mil y un dioses agradeciendo esa inmensidad tan deseable para cualquier hombre.
Se dejó caer, respirando profundo para soportar el vértigo y la incertidumbre; casi llegando a su base se vio obligado a entrecerrar sus ojos, casi no podía distinguir formas, una luminosidad enceguecedora lo atraía más y más. Tropezando y reptando encontró lo que en los cuentos de hadas… el oasis de tus ojos, de una transparencia tal que era necesario mirar una y otra vez dentro de ellos para dar crédito a tamaña belleza.
Cristalinos, brillantes, sagaces, intensos, obscenos, atrapantes.
Tu gris celeste, le hablaba de ternura, lo invitaba a conocer tus tormentas y apaciguar tus aguas.
Y así, de tanto en tanto, a la sombra de tus pestañas, el caminante descansó horas contemplando tus atardeceres cuando entrecerrabas tus párpados, adormeciéndote en el pecho de tu hombre.
Con tu cabeza repostada sobre él, se dio cuenta que solo tenía que seguir su camino.
Tratando de encerrar en sus manos toda tu ternura, el caminante abrazó tu cara y reconoció una forma más para hacer su destino.
Y así, entre recovecos, curvas sin fin, terrenos de azúcar derretida, decidió conquistar tus oídos. Los repasó con la yema de sus dedos, los entrelazó, los besó, los mordisqueó; pero solo él sabía el arte de la conquista de esa, tu parte más interesante…
Sabía que en tus oídos sucedían extrañas reacciones a sus sonidos, a sus palabras. Era casi mágico e inexplicable, cómo una vibración del aire podía desatar tormentas en toda tu piel, qué combinación podría poner en marcha tal consecuencia.
Y así, el caminante entendió que más allá del tono de su voz, lo que realmente producía esa magia, era la palabra justa, en el momento exacto.
Su palabra justa, era nombrarte y hacerte saber que te llamaba con el alma, el momento exacto era la alquimia que cualquier hombre querría dominar.
Y así, me creí caminante y supe llamarte cuando tus cielos eran oscuros, cuando tus mares se abatían sobre las playas, cuando tus manos ya no resistían, pude nombrarte, llamarte amor, abrazarte, amarte.
Mucho será el tiempo en mi vida deseando estar a tu lado, mucha será la ambición de quererte mejor cada vez, muchas serán las ganas de despertar a tu lado cada mañanas.
Te siento parte de mí, te encuentro en mi tiempo y te deseo en mis noches.